Cuando los estudiantes observan con atención el lugar donde viven, conversan con sus comunidades y transforman esos aprendizajes en investigación, la educación en STEM (Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) adquiere un nuevo significado. Los proyectos pasan a responder a necesidades reales, a fortalecer la identidad de los jóvenes y a demostrar que la ciencia también se construye a partir de conocimientos que existen fuera de los laboratorios.
Para el profesor de la Pontificia Universidad Javeriana, Mario Manzi Puertas, aliado técnico de Solve for Tomorrow en Colombia, este es el punto de partida de cualquier proyecto con impacto. “La ciencia cobra mucho más sentido cuando parte de la realidad que los estudiantes conocen”, explica. En lugar de comenzar con una tecnología o una solución prediseñada, el profesor propone iniciar con preguntas auténticas sobre el territorio: ¿cómo se conserva el agua?, ¿qué materiales locales resisten mejor a la humedad?, ¿cómo se ha adaptado históricamente la comunidad a los cambios del clima?
Este enfoque está presente en varios proyectos desarrollados en Solve for Tomorrow en los 21 países de Latinoamérica donde el programa está presente. Uno de ellos es “Aprovechamiento de la cáscara de arroz“, finalista de la edición colombiana de 2022. En La Mojana, región responsable por cerca del 12 % del arroz consumido en Colombia, miles de toneladas de cáscara de arroz se convierten cada año en un residuo que puede contaminar los ríos y el aire cuando se desecha de manera inadecuada.
Antes de pensar en una solución, los estudiantes observaron una realidad que conocían desde siempre. Guiados por el profesor Darío Vergara, comprendieron que este desafío ambiental estaba directamente relacionado con la cultura “anfibia” de la región, donde las familias alternan entre la pesca y el cultivo de arroz según las estaciones. A partir de ese conocimiento del territorio, investigaron las propiedades del residuo y desarrollaron un material de construcción artesanal y sostenible utilizando la cáscara de arroz.
Según Puertas, este tipo de experiencias modifica la forma en que los estudiantes entienden el significado de qué es el conocimiento. “No está únicamente en los libros, los laboratorios o las universidades; también está en las familias, agricultores, artesanos, pescadores, líderes comunitarios y personas mayores”, añade. Además, reconocer esas fuentes fortalece el sentido de pertenencia y la autoestima de los jóvenes, explica el experto.
La integración entre conocimientos locales y STEM también puede contribuir a preservar el patrimonio cultural. Ese fue el caso de “Koguinet”, proyecto finalista de Solve for Tomorrow Colombia en 2024. La iniciativa nació cuando uno de los estudiantes comenzó a convivir con integrantes del pueblo indígena Kogui y percibió las dificultades de comunicación, además de escuchar la preocupación por la pérdida gradual de la lengua y de las historias de esa comunidad.
En lugar de tratar el problema únicamente desde una perspectiva tecnológica, el equipo decidió escuchar a quienes vivían esa realidad. El diálogo con la comunidad permitió comprender sus necesidades y, posteriormente, desarrollar una plataforma digital destinada a preservar la gramática y la lengua Kogui. El resultado fue una solución tecnológica que no sustituyó el conocimiento ancestral, sino que ayudó a protegerlo y difundirlo.
¡Tip para educadores!
Para los docentes, Mario Puertas aconseja invitar a los estudiantes a entrevistar a personas mayores, observar prácticas productivas, documentar historias, registrar procesos e identificar los materiales utilizados por la comunidad. Esa primera exploración permite comprender qué sabe el territorio y cómo ese conocimiento fue construido a lo largo del tiempo.
Yo creo que no se trata de escoger entre conocimiento tradicional y conocimiento científico. El reto está en ponerlos en conversación, y en una conversación donde se parta del reconocimiento del valor de ambos, explica el profesor Mario Puertas.
Después del diálogo, llega el momento de aplicar el método científico: formular preguntas, construir hipótesis, medir, comparar, experimentar y analizar los resultados. En este proceso, la ciencia no busca invalidar el conocimiento local, sino comprenderlo, contrastarlo y, cuando sea pertinente, fortalecerlo.
Otro aspecto fundamental es la ética. Los conocimientos tradicionales tienen autores, una historia y un significado cultural. Por eso, es importante trabajar siempre con consentimiento, reconocer el origen de las ideas e involucrar a la comunidad como colaboradora durante todo el proyecto, y no únicamente como fuente de información. También es necesario respetar aquellos saberes que las comunidades prefieren mantener en reserva. “Deben saber para qué se utilizará la información, quién tendrá acceso a ella y cómo se compartirán los resultados”, informa Puertas.
El especialista también recuerda que la innovación no depende necesariamente de tecnologías complejas. Muchas veces, las mejores soluciones nacen del uso creativo de materiales locales, de la mejora de prácticas tradicionales o del rediseño de procesos ya existentes en el territorio. Al final, un proyecto STEM exitoso no se mide únicamente por el prototipo construido, sino por todo el proceso de aprendizaje. Cuando los estudiantes aprenden a escuchar, investigar, experimentar, valorar diferentes formas de conocimiento y trabajar junto a su comunidad, desarrollan competencias que trascienden el aula y contribuyen a construir soluciones más relevantes para el presente y el futuro. “Incluso descubrir que una solución no funciona puede ser un resultado educativo muy valioso, del cual muchas veces los estudiantes terminan aprendiendo mucho más”, concluye.